Sabato, el padre

Martes 30 de Mar de 2010
Por Alfredo Leuco

Cuando el maestro Ernesto Sabato cumplió 90 años confesó que tenía otros proyectos mejores que la muerte. Y cumplió. El 24 de junio cumplirá 99 años de vivir cargado de hazañas y desgarros. Su hijo, Mario, acaba de estrenar un conmovedor retrato fílmico que merece ser visto por la mayor cantidad de argentinos posible. Me permito recomendarles con toda humildad a nuestros oyentes que vean la película acompañados por sus hijos. Y que el ministerio de Educación fomente que sea proyectada en las escuelas de la Nación. Es la historia de glorias y tinieblas del más grande autor argentino vivo. Está la mirada emocionada del hijo y también la posibilidad de ver y escuchar a Ernesto Sabato como nunca se lo vio ni se lo escuchó. Se trata de una biografía que todo argentino solidario que pretenda construir un país mejor debe conocer a fondo. Está la severidad extrema del padre de Ernesto Sabato que le provocaba temor y pesadillas. El recuerdo de ese “casi delincuente”, como se autodefinió, que vivía en la clandestinidad combatiendo la dictadura de Uriburu mientras fundaba su romance eterno con Matilde que se escapó de su casa a los 17 años para abandonarlo solamente el día que murió en la casa de Santos Lugares. La muerte del amor de su vida y de su hijo Jorge potenció esa personalidad hosca y de profunda tristeza. Pero su trabajo en la presidencia de la Conadep y el Nunca Más erosionó su salud por haber entrado en los laberintos del infierno del terrorismo de estado y por haber tenido que procesar los testimonios del horror de las catacumbas, los campos de concentración, la tortura y los desaparecidos. Sabato dijo nunca más y nunca más fue el mismo. Ese rezo laico se convirtió en un alarido por la paz. Mario nos contó en estos micrófonos que el recuerda como “cada noche se desmoronaba de angustia” cuando llegaba al santuario de su lugar en el mundo. Alli, en el club del barrio de Santos Lugares quiere que ser velado el día que se muera. Entre la humildad de la gente de trabajo. Entre los vecinos que durante tanto tiempo entraron a su casa en cada cumpleaños para celebrar multitudinariamente al gran escritor de la ética y la libertad. Sabato no es un hombre fácil. El mismo se reconoce “cascarrabias” y sus nietos se lo hacen notar. Fue duro para el abrazo y para decirle a sus hijos de frente y mirando a los ojos: los quiero. Algo tan sencillo y tan trascendente. El mismo cuenta que Arturo Jauretche decía que todos los Sabatos estaban un poco rayados. Y don Ernesto le da la razón entre ironías. Su austeridad republicana, su lucha contra todo tipo de autoritarismo lo hicieron entrar en la historia de nuestros mejores hombres.  Fue uno y el universo y cometió errores como todos los seres humanos. Muchos le echan en cara su tristemente célebre reunión inicial con Videla cuando todavía ni la ficción podía ayudar a comprender la dimensión titánica del genocidio que se venía. Sabato buscó la dignidad del hombre entre la automatización de los engranajes. Atravesó todos los túneles Fue traducido a mas de 30 idiomas. Elogiado por Albert Camus, Graham Greene y Thomas Mann. Hoy sigue vivo y se levanta por sobre los héroes y las tumbas de Borges, Cortazar y Bioy. El escritor sin sus fantasmas eligió las palabras frente a los números, la ficción frente a la ciencia y la libertad frente a la noche.
Dicen que muchos seres humanos con solo un párrafo bien escrito justifican su existencia. Si así fuera, en su caso, yo elijo este: “Solo quienes sean capaces de sostener la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”.
En la vida real y en la película, Ernesto es el padre de Mario. En la vida de las ideas, Ernesto es el padre de nuestra memoria colectiva.

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