Derribar todos los muros
La caída del muro de la vergüenza en Berlín es la bandera universal de la libertad. Es la demostración de que por más poderoso que sea el aparato de censura y vigilancia del estado jamás podrá enterrar la creatividad del ser humano. El día que me paré frente a la puerta de Bradenburgo sentí la energía de miles de ciudadanos pacíficos que un día como hoy pero de hace 20 años fueron capaces de dinamitar la mentira. Era la lucha de la alegría de pensar sin tutores ni grises burócratas contra la tristeza de de la planificación robótica y la paz de los cementerios. La muerte del muro parió la libertad. Incluso la libertad para equivocarse. Fueron 28 años de humillación a la dignidad humana. Como si 150 kilómetros de piedra y cemento pudiesen detener la historia o barrerla bajo la alfombra. Las noticias, las nuevas tecnologías, el compromiso del arte fueron armas mucho mas decisivas que los picos y los martillos para tirar abajo esa pared absurda. Muchos dicen que el muro de Berlín no implosionó aquel 9 de noviembre de 1989. Que se venía llenando de grietas desde la primavera de Praga o desde que un obrero polaco llamado Lech Walesa fundó el sindicato Solidaridad en los mismísmos astilleros donde el bloque soviético construía sus barcos. Yo también creo que el muro había caído mucho antes. Pero en las mentes y en los corazones de los que padecían el fracaso del aquél régimen que prometió un hombre nuevo y una sociedad igualitaria y terminó generando dictadores nefastos como Stalin y campos de concentración donde se violaron todos los derechos humanos como en los Gulag siberianos. De hecho la construcción del muro llevaba en sus entrañas el gérmen de su propia destrucción. Desde el mismo día en que empezó a construirse empezó a destruirse y a tansformarse en un signo de debilidad y no de fortaleza. Había que tener el cerebro demasiado cuadrado de fanatismo para pensar que era posible tabicar la historia. Lamentablemente fueron necesarios muchos muertos hasta que el huracán libertario tuvo la potencia necesaria para reducir a escombros aquellos bloques de cemento rodeados de tenebrosos alambrados de púas y coronados con soldados que desde arriba de las torres eran capaces de disparar sus ametralladoras contra el que se atreviera a buscar su destino. El totalitarismo tiene su costado horroroso, criminal y genocida pero, también, su aspecto ridículo. Finalmente era una pared. Una larga pared pero nada más que eso. Demasiado poco cortarle el paso al progreso. Aquél día de hace 20 años terminó la guerra fría, el mundo bipolar y un retrógrado dogma ideológico que creía que se podía imponer la justicia social sin respetar las libertades individuales. Quedó claro que nada justifica la delación, las catacumbas de la tortura ni la apuesta al pensamiento único. La riqueza del ser humano está en su diversidad. En la maravillosa variedad de formas y colores que adopta para afrontar la aventura de la vida en comunidad. Hace 20 años murieron conceptualmente los que apuestan al silencio y al ocultamiento de la verdad. De todas maneras, conviene estar alertas porque no murieron del todo. Todavía quedan algunos dinosaurios ideológicos de derecha y de izquierda que creen que hay una sola verdad y que les pertenece. No hay que bajar la guardia frente a los intolerantes. Los dueños de la verdad siguen construyendo muros para que nadie crea que otra verdad es posible. Todos los días tenemos que estar dispuestos a seguir derribando muros. Igual que en 1918, los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan.
Alfredo Leuco es periodista. Actualmente es columnista de Radio Continental con Fernando Bravo. Conduce Le doy mi palabra por el Canal 26.